Las empresas emergentes, conocidas hoy en día como "startups", se encuentran al dar sus primeros pasos en un estado embrionario que las expone desde el primer día a una realidad donde, sobre todo, deben aprender a sobrevivir. Siendo un momento trascendental para el futuro negocio, como lo es el desarrollo fetal en el vientre materno, muchas de estas empresas caen en la tentación de querer crecer antes de tiempo, comprometiendo así su sano desarrollo vital.
Soy del parecer pues que, aun con vocación de hacerse mayores algún día en el mercado en que entran a competir, estas startups deben saber aprovechar su infancia sin prisa, exprimiendo virtudes que, sírvame la metáfora anterior, poseemos cuando nacemos y vamos perdiendo al llegar a adultos. Descubrir a través del juego, aprender con la experimentación, validar hipótesis mediante la interacción con el mundo exterior, y mantener siempre una cierta mirada inocente que desvele el verdadero valor para su público, tesoro oculto y relevante para el éxito. Estas y otros atributos son potencialidades que, a pesar que la industria moderna del emprendimiento las exalta y predica, quedan en agua de borrajas fácilmente ante el vértigo y la ansiedad de ser rentable a toda costa y cuanto antes.
Por desgracia, en esta travesía que es emprender, nuestra expedición, nuestro equipo, cae con facilidad en la tragedia de querer hacerse mayor antes de tiempo, llevados por la fiebre de las métricas de la vanidad, por querer llegar cuanto antes a un destino que, por supuesto, no existe porque se mueve a cada instante. Sin querer o queriendo, quedan atrapados en un día a día fabricado a base de calendarios infestados de reuniones asépticas, de ceremonias adornadas de continente pero vacías de contenido, iterando ad eternum sus productos y servicios, perdiendo así el enfoque pueril e inocente de un negocio que está buscando todavía su identidad.


