La industria actual de los negocios digitales ha ido ahogando la creatividad en la creación de empresas emergentes. Este hecho lo suelo comparar, por afinidad, a la vigente industria musical y su incesante repetición de las mismas fórmulas de éxito. Donde antaño los músicos exploraban los límites a nivel melódico, harmónico, rítmico, y los productores y sellos discográficos promocionaban aquellos que más gustaban al público, hoy en día los ejecutivos dictan lo que creen que el mercado quiere, y los artistas han pasado a ser un mero producto comercial, una pieza más del despliegue estratégico donde el marketing prevalece sobre la calidad.
Hubo un tiempo donde los emprendedores, exploradores también de los límites hasta lo desconocido a través de la innovación, emprendían el viaje sin cartografías, sin informes de mercado hechos por alguna "big four", sin "north stars" ni métricas de crecimiento sostenido, sin unos KPI que perseguir. El equipo fundador eran las personas y sus mochilas, su experiencia, sus ideas y también su capacidad de improvisación, de crear valor, de crear oportunidades, sinergias, identidad de marca, vínculos con los usuarios o clientes. La incertidumbre, el riesgo eran excitantes y alimentaban el fuego interior que los empujaba a la aventura.
Pero pronto los vendedores de falsos remedios, videntes y curanderos de dolores inexistentes comenzaron a aparecer. Esta suerte de chamanes se acercaron a estas expediciones para seducir a sus componentes, les ofrecieron distracciones en pro de metodologías ágiles, les aconsejaron tomar decisiones "data-driven" para poder cumplir con los KPI, les iniciaron en ceremonias agendadas con semanas de antelación que fagocitaron, poco a poco, la voluntad de los founders con rituales hipnóticos, por aburridos y repetitivos. Sucumbieron las startups poco a poco a la dormidera de esta pseudo-industria de expertos, comenzaron a adorar a falsos ídolos, bautizados con títulos como "influencer", "top voice" o "though leader". Son maestros del plagio, nos traen torrentes de consejos y fórmulas para el éxito empresarial, nos llaman a abrazar la mediocridad en pro de minimizar riesgos, preferible apuntar a una zona fácil de la diana que probar a acertar en el centro, es pecado salirse del rebaño de followers, arrepentíos!
El mundo de los negocios teme a la creatividad, no puede puede medirse, es en cierto modo intangible. El lado creativo del ser humano está íntimamente relacionada con las fuerzas constructoras y destructoras de la naturaleza humana, con sus pasiones. Sus cualidades, aunque abundantes en la infancia del hombre, son escasas cuando éstos llegan a la madurez, en el mundo laboral raramente alguien se arriesga a ser original, controvertido, disruptor; cuando lo es, no tiene precio, ergo, no puede ponerse en venta. A la creatividad a menudo se la menosprecia. A los emprendedores que la usan como herramienta se los califica de poco metódicos o profesionales, sus éxitos calificados como fruto más de la casualidad que de la causalidad, triviales por no poder cuantificarse.
Por eso los chamanes, los gurús de Silicon Valley, los coaches motivacionales a sueldo, habiendo construido su fortaleza con ladrillos de mediocridad, dependen de que su entorno sea afín con su causa. Así, los conversos, devotos de conferencias "inspiradoras", comunidades de pago con contenidos exclusivos y best sellers de lobotomía, acaban persiguiendo fantasmas constantemente, obsesionándose con el procesismo y la metodología, casi como un dogma. Convierten sus empresas en hospitales, asépticas, comedidas, la voz baja para no perturbar el orden deseado.



Amén Nabuco :) hace ya años que me alejé del mundo IT, pero te leo ahora y me revienen los posos de esas mismas sensaciones de la época de esa transición..
Abrazo
Pablo